Por: Carlos Alberto Díaz

Muchas veces por la presión de las situaciones que vivimos día a día nos vemos tentados a abandonar los sueños que Dios nos dio en algún momento, muchas veces nos dejamos ahogar y nos dejamos llevar por lo que nuestros ojos naturales están viendo, y a veces lo que vemos es falta de oportunidades, otras veces lo que vemos es crisis o tal vez un panorama tan oscuro como un túnel sin salida; y es allí cuando tenemos que tener la fe puesta en Dios, la firmeza y el valor de creerle al que un día en medio del llanto y el éxtasis nos rescató para darnos un propósito. Debemos confiar en él que es nombre sobre todo nombre, porque es la única manera en la que podremos ver la victoria sobre esa situación; es el que nunca falla, que no miente ni se arrepiente, si Él lo dijo, Él lo cumplirá por encima de lo que sea que estemos viviendo. Por eso nunca debemos olvidar cuál es nuestro propósito y nuestro llamado porque sin importar en qué etapa de vida estamos, debemos cumplirlo y siempre tener la mirada fija en ese llamado que Dios nos ha hecho.

David, el hijo de Isaí, nos lo enseña muy bien, porque siendo un muchachito fue ungido para reemplazar a Saúl, el rey de turno en el trono del pueblo de Israel; este era un hombre con el corazón y las motivaciones incorrectas que no obedeció las instrucciones de Dios, un hombre que quiso hacer su voluntad y no la de Dios; un rey que buscó agradar al hombre antes que a Dios. Vemos como David empezó a ser formado y tratado cuando era pastor de ovejas, sufrió el rechazo de su familia, pues se encontraba trabajando mientras su padre estaba presentando con orgullo a sus hermanos ante el profeta Samuel mientras el pequeño quedaba marginado y pasaba desapercibido. Es en ese instante cuando Dios –que se fija en el corazón del hombre y no en las apariencias–, le dice al profeta que ninguno de ellos es y entonces le pregunta a Isaí si son esos todos sus hijos o falta alguno; como un rayo se acuerda del menor de la familia y lo manda a llamar. David llega tal vez sin arreglarse, oliendo a oveja, cansado, sudoroso, y con las manos sucias por estar trabajando, por estar cumpliendo con la labor encomendada por su padre, y tan pronto Samuel lo ve Dios le dice: “Levántate y úngelo, porque éste es.” (1 Samuel 16:12).

Desde ese momento cambiará la historia de este jovencito que hasta hace unos minutos era pastor de ovejas y ahora empieza toda una aventura; pero David también era un adorador y es por eso que llega a ser escudero –paje de armas– del rey Saúl, y cuando a este lo atormentaba el espíritu malo de parte del Señor, David tocaba el arpa y este espíritu se apartaba. No pasó mucho tiempo para que David se convirtiera en un guerrero, y nada más ni nada menos que ante el gigante Goliat; nuevamente fue despreciado por sus hermanos porque creían que el iba a llevarle cuentos a su papá y sólo quería ver la guerra para ver como los humillaban; cuando realmente estaba haciendo era obedecer el mandato de su padre de llevarle alimentos. El joven era tenido por menos y quienes lo escucharon referirse a Goliat con el apelativo de “filisteo incircunciso” lo llevan ante Saúl, y como era de esperarse, esté también lo menosprecia y le dice: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud.” (1 Sam 17:33).

Con esa certeza que le caracteriza, David se levanta y dice que él siendo pastor de las ovejas de su padre si le toca enfrentar a los leones y a los osos lo hace y los mata, y declara esto con una convicción tan grande, –imagínese por un momento como un muchacho de 17 o 18 años puede enfrentarse a un león, tomarlo de sus mandíbulas, y despedazarlos –. Cuando David se enfrentó ante ese gigante, ya sabía que Dios lo estaba respaldando y esa confianza y fortaleza fue construida a través de pasar tiempo con el Creador, el resultado… David venció al gigante con una piedra y le cortó la cabeza con su propia arma, así que todos los filisteos salieron corriendo y se levantó un ejército valiente que los persiguió hasta dar con todos, ninguno se escapó. Pero lejos de terminar las pruebas para el nuevo guerrero, lo que pasó es que con esa victoria, el corazón de Saúl se llenó de envidia –para ese momento Saúl ya sabía que había sido rechazado por Dios – y empezó el intento de acabar con la vida de David y no le queda más remedio que empezar a huir con quienes serían sus fieles compañeros, su ejército –un poco de gente endeudada y amargada– que tuvo que pasar diversas pruebas y la persecución de un ejército enemigo, que cuando parecía que no había salida y los iban a encontrar, siempre Dios daba la salida y mostraba su poderío. David se hizo pasar por loco, pero lo que el Señor estaba haciendo era formarlo como un gran guerrero para luego ser rey de Judá y por último rey de Israel.

Hay algo que me impacta en toda esta historia, y es el hecho de que David tuvo que pasar un proceso tremendo para llegar a ser rey pero por más difícil que fue, nunca quitó su mirada de ese objetivo, nunca apartó la mirada de su llamado, porque cada oficio que él ejerció, lo hizo con excelencia para Dios y no para el ser humano. De esto tenemos grandes lecciones, porque muchas veces ponemos el oficio que estamos haciendo, por encima del llamado que Dios nos ha hecho y entramos en una zona de confort en eso que estamos ejecutando. Dios nos ha llamado a impactar a quienes están a nuestro alrededor, bien lo dijo Charles Spurgeon –el príncipe de los predicadores– “Sí Dios te ha llamado a predicar el Evangelio, no te rebajes a ser el rey de Inglaterra.”

Teniendo en mente el llamado que como evangelistas se nos ha hecho, independientemente de la función que estemos llevando a cabo, o el rol que estemos desempeñando; sin importar en dónde nos movamos, sea como estudiante en la universidad, como padres de familia, como hijos, esposos, empresarios, deportistas, artistas, etc, nosotros tenemos que hacer que el Reino de Dios descienda a la tierra y se manifieste en el lugar en nos encontramos, porque somos mensajeros del Dios altísimo y para él no hay favoritismos, porque Él ve el corazón de las personas y no el oficio que están ejerciendo.